viernes, 8 de junio de 2012

La rubia, el frío, la protesta y la cacerola de cobre


Era el día del periodista y valía la pena charlar al aire sobre políticas de comunicación, trabajo, precarización y otros temas apasionantes. Después de una hora debatiendo en El Tren, el programa de Radio Cooperativa, fuimos caminando con Gerardo Yomal y su productor hacia el subte B. Hacía mucho frío y la noche acentuaba la sensación de que los dedos habían llegado al punto de congelamiento.

Cruzamos la 9 de Julio por la superficie, porque el túnel ya estaba cerrado. Allí los vimos, justo cuando entrábamos al subte. Era un grupo pequeño de caceroleros, tal vez una patrulla perdida que avanzaba para reunirse con los pocos cientos de amigos -de ellos- que protestaban en Plaza de Mayo.

Pero, más allá de que uno tiene ganas, la cuestión política pasó a ser menor frente a las caceroleras –eran mayoría de mujeres- una de las cuales me impresionó especialmente. Una rubiecita de las que uno puede encontrar en cualquier boliche de Recoleta o a la salida de la Universidad de San Andrés, la Austral o la Católica. Muy bonita, ojos verdes que su gorrito elegante no alcanzaba a tapar. La nariz delicada era también lo poco que se podía ver, porque estaba muy abrigada. La ropa, sospeché,  no provenía de ningún local del Once. Ni siquiera de un outlet.

Sin embargo, debajo del traje de cebolla se adivinaba una belleza que sólo podría decepcionarnos si fuera anoréxica. Si, era linda. Pero más linda era la elegante cacerola de cobre repujado que agitaba, con toda la pinta de haber sido comprada en una casa de antigüedades de San Telmo, que está al Sur pero se puede visitar sin quemarse.

Comencé a imaginarme si, como haría yo, la tenía en su casa entre los objetos que decoran el living o si la usa para cocinar de vez en cuando algún plato de aquellos que uno consume esporádicamente con algún cupón o porque alguien lo invita.

Entré al subte pensando en la rubia, en su living, en su cocina, en las cosas que habrían pasado por su cabeza cuando eligió la cacerola de cobre para salir a protestar. Una cosa me quedó clara, no sólo usan teflón.

domingo, 3 de junio de 2012

La puerta


Sigo con las cosas que escribo en el taller de Gisella:

Puede que sea un modismo, pero ante toda frase que afirme algo de manera contundente y que comienza con un “la verdad” o “en realidad”, deduzco que se trata de mentiras, piadosas o directas. Suenan a una verdad a medias, porque si fueran reales no habría necesidad de reafirmarlas.

Tal vez sea que la verdad y la mentira son parte de una misma cosa y nuestro espíritu nunca sabe cuál de las dos caras de la moneda está lanzando al aire ni cuál será la que en definitiva quede boca arriba.

Todo comenzó durante una tarde de las calurosas que nos suele regalar la ciudad de Tucumán. Estaba cansado, transpirado y el calor húmedo de la ciudad parecía ser una sola columna que se apoyaba en mi cabeza. El congreso había sido interesante pero yo añoraba mi Buenos Aires querido.

Caminé unas diez cuadras cargado con un bolso lleno de ponencias de otros colegas, esas que uno nunca sabe si va a usar pero que por las dudas carga en el equipaje. Mis bolsillos estaban plenos de tarjetas, papelitos con nombres, teléfonos y e-mails que no sabía a quién pertenecían ni para qué servirían.

Los hombros se me doblaban pero yo no alcanzaba a entender si era por cansancio o simplemente la acción de la humedad que había convertido a mis huesos en esponjas. Caminando bajo las gotas de agua del ambiente, no de la lluvia porque había un sol que caía a pleno, llegué al refugio, léase mi hotel, que no es mío sino de una corporación que me cobraba por el derecho a pernoctar en su edificio.

El pasillo estaba fresco y el alfombrado no alcanzaba a producir el efecto habitual de calor sobre calor. Yo estaba a punto de entrar en mi habitación para disfrutar del aire acondicionado y de repente apareció ella. Nos miramos y nos flechamos. La invité a tomar un café y me dijo que sí inmediatamente, con la sola condición de que fuera en mi habitación. Sabía lo que quería. Yo, que soy lerdo pero no tanto, deslicé por la ranura de la puerta esa tarjeta plástica que es tan impersonal y que fugazmente había sido la compañera más preciada. Le insinué que pasara, mientras no me acomodaba el pelo ni el saco, porque soy calvo y llevar un saco con semejante calor hubiera sido un despropósito.

Ella era morena, del tipo morisco español. Llevaba un pañuelo multicolor en el cuello y un maletín que la denunciaba como asistente al congreso. A pesar de su postura mucho más elegante que la mía, también tenía los hombros esponjosos, parecía que se iba a caer y que se iba a levantar alternativamente. Siempre sin perder su andar felino. Y cómo me gustan los felinos.

A la mañana siguiente salimos de la habitación, ella fue rumbo a la suya y yo a hacer el check out. En el aeropuerto nos vimos de lejos, nos saludamos dentro del avión e intercambiamos unos números que jamás usaríamos. Cuando el taxi me dejó en casa, seguramente dispuesto a irse de joda con la plata que me había sacado, tuve que buscar un rato en mi bolso hasta que la llave estable, la que abre la puerta de mi casa desde hace años, apareció perdida en un rincón. Como si nada hubiera pasado, entré dudando entre inventar algo o callar. Ella, mi mujer, me estaba esperando sentada en el sofá.

Cruzada de piernas pero con cara de rutina me preguntó cómo me había ido en el congreso. “La verdad, fue un plomo”, le dije.

sábado, 26 de mayo de 2012

Triste y solitario, pero lo bancamos


Sigo con algunas cosas que escribo para el taller literario de Gisella. 

Alguna vez sirvió para poner allí el calendario, pero con el tiempo comprendí que a la hora de ordenar citas, el de la computadora conectado indirectamente con mi Blackberry era más eficiente. Terminó el 2011 y quedó ahí, como un testimonio de algo que ya pasó. Contra la pared, apenas doblado en el medio hacia arriba, no hace demasiados méritos para demostrar que aún puede ser de utilidad. Pero ya me encariñé y además está en un escritorio que uso para trabajar, estudiar o pavear en Facebook, no hago allí otra cosa.

Cada tanto me pregunto si se siente solo, si el hecho de haber perdido utilidad concreta lo deprime o, por el contrario, lo alivia. ¿Tendrá los aportes hechos? ¿Podrá jubilarse?

La pared parece solidarizarse ofreciéndose plena para que se quede allí. A mí me provoca cierto pudor sacarlo y tirarlo. Todos somos de alguna manera sus amigos, aunque sin dudas extraña aquel calendario que estaba colgado ahí, con sus marcas, sus “X”, las anotaciones, las citas y las obligaciones de dudoso cumplimiento.

Cada tanto le digo que ya vendrá un calendario, que si no fue en 2012, tal vez llegue el de 2013, pero es una mentira piadosa. En realidad no pienso volver a los viejos tiempos, al menos en éso. Trato de mentirle bien.

Fue parte de la inauguración de mi escritorio nuevo, fue sostén de cada uno de mis días y no puedo abandonarlo a su suerte ahora que no lo necesito. Estoy seguro de que ya le encontraré alguna utilidad. Mientras tanto, está allí, gracias a la amistad que supo forjar con la pared, que no se ha quejado por su presencia. Uno mira y sabe que algo falta. Pero sigue allí, en parte por mi indolencia y cierto afecto bien ganado. Pero también porque no tengo ganas de sacarlo. Al fin y al cabo, es sólo un clavo.

sábado, 12 de mayo de 2012

Para Lisa


Las mujeres y el dolor, casi parientes y como no soy machista, supongo que algo parecido les debe ocurrir a ellas con nosotros. En el taller literario tuve que hacer un dibujo sobre el dolor. Me salió un garabato que, oh sorpresa, se parecía demasiado a Lisa Simpson. Pero Lisa me cae bien, es la Mafalda que los yankees pueden tener, aunque Gröening no sea Quino.

Me preguntaba por qué Lisa y entonces traté de colocarle algunas señales de tristeza, como para que la niña sonriente pudiera pasar por un modelo de dolor, pero no tuve éxito. Me salió una Lisa cejijunta, con ojeras y una boca con las comisuras hacia abajo que no convencía ni a los chicos del jardín maternal de la otra cuadra.

Luego nos pidieron que escribiéramos, algo que tampoco hago bien, pero al menos no me provoca vergüenza. “Sorprende…” fue lo primero que puse. El dolor literario empezaba a aparecer y lo traje a Vida Debida.

“Sorprende, porque a veces fluye, otras se queda quieto y en más de un caso soy yo el que se inmoviliza sin saber qué hacer. Se expresa de muchas maneras, pero siempre llega de forma inesperada, cuando mi mente está en otro lado.

Entonces aparece y me hace acordar a ciertos ascensores que son demasiado rápidos, algo que se nota en un movimiento vertical de todo el contenido del cuerpo, con la consabida sensación de que nos estamos olvidando el esqueleto abajo.

Pero también se hacen su lugarcito ciertas ideas que pugnan por ocupar un lugar que el dolor quiere reservarse. El pulso se acelera, aunque el corazón no quiera latir más rápido. El dolor lucha, se defiende, ataca; el alma resiste y dispara con dibujos, más agradables que mi Lisa, aún la niña inocente que había dibujado antes de que alcanzara la deformidad.

El dolor se multiplica y se hace Dolores, aquella muchacha que conocí en España, en la calle España, cuya habilidad para bailar flamenco era tal que me hacía odiar hasta a Juan de Garay. No era buena bailarina, pero era hermosa, con esa belleza que tienen las españolas con algo de morisca en su sangre.

Hasta allí sus ancestros, porque hablaba con un acento porteño que había aprendido de su porteña vida. Dolores me enseñó a vivir, o aprendí a vivir gracias a que sufrí dolores. De ahí mi conclusión, sea Lisa, o sea Dolores, debería tener miedo a las mujeres. Pero son tan lindas…

domingo, 6 de noviembre de 2011

El estruendo

Llegamos diez minutos antes de la cita. Entramos al lugar y nos sentamos frente a una de las mesas más pequeñas, sabiendo que luego la compartiríamos con quienes fueran viniendo. El espectáculo anterior era de un grupo de flamenco y todavía estaban retirándose entre risas y comentarios. “¿qué se van a servir?”, preguntó una moza. Pedimos dos cervezas y partió rumbo a la barra. Cinco minutos después reapareció y nos aclaró que los músicos balcánicos vendrían después, que tenían que afinar sus instrumentos y que deberíamos esperar afuera.

Nos fuimos a tomar un café en un extraño lugar llamado Pericles al lado de una mesa donde un abuelo cuyo aspecto hacía honor al mundo helénico escuchaba con auriculares la música que provenía de una notebook. En el equipo, del otro lado, mientras compartía unos canelones con su evidente abuelo, el chico estaba sumergido en los avatares de Facebook.

A las 23.45 decidimos que ya era hora. Dejamos al abuelo griego y a su nieto y volvimos al lugar, donde había una pequeña cola con gente que tenía aspecto de cualquier cosa menos balcánica, pero sí se percibían sus ganas de escuchar música. Hicimos la fila religiosamente y tras adquirir los tickets finalmente pudimos entrar. Fuimos a otra mesa, no la que habíamos elegido originalmente. Sólo una mujer, que apenas habría pasado los 40 la compartió con nosotros. Hicimos el pedido.

A los cinco minutos llega la moza que nos había atendido la primera vez  y tuvimos que explicarle que no era un deja vu, que habíamos vuelto y ya le habíamos pedido a su compañera de trabajo. Sea como sea, llegaron nuestras cervezas y el fernet de la vecina ocasional.

El lugar se fue llenando de voces y saludos. Había muchos que se conocían y otros que estaban ahí vaya uno a saber por qué. Por un músico amigo, como nosotros, por un pariente, porque sí. Atrás se ubicó Boris. En realidad no conocía su nombre y ni siquiera tenía aspecto de ruso, al menos del ruso eslavo que las series yankees estereotiparon, pero Boris le quedaba bien para la Rusia moderna. Tenía el pelo cortado parcialmente a lo mohicano, algo punk, con una camisa a cuadros que llevaba suelta, unos bigotes que sobresalían a toda su humanidad, pero lo que más llamaba la atención era su mirada, rara, casi extraviada. Lo miré discretamente y pensé: “Este tipo va a traer problemas”.

El primer roce fue cuando se puso a fumar en medio del espectáculo. Los Devoie Sestri , que presentaban su primer CD, tocaban una canción polaca y el hombre quiso matizar con un cigarro. Ella decidió marcarle los límites y Boris apagó el faso a regañadientes. Pareció dócil, pero nunca confío en los que dicen que sí inmediatamente.

Las estepas rusas, los dramas gitanos, la muerte de los soldados en las guerras mundiales desfilaban hechas música y la bailarina, flexible, bella, de un cabello largo y negro se contorsionaba frente a nosotros. La cantante alternaba el micrófono con la percusión y atrás Rodríguez tocaba el bajo, mientras Rodolfo, mi muy colombiano profe de música tocaba el saxo como los dioses haciendo contrapuntos con la acordeona, que una de las dos únicas rusas del conjunto tocaba en su regazo. Con los apellidos perdidos en matrimonios mixtos y en algún barco, el espíritu balcánico estaba y se hacía oír y bailar.


La alegría reinaba a pesar de la tristeza de algunas canciones y los pedidos de temas serbios, polacos, rusos, croatas o rumanos eran respondidos con más música. Los gritos de Boris se escuchaban por encima de los demás. Se estaba poniendo molesto. Hasta que una mujer joven y regordeta se bajó de su silla y se fue a la calle. La siguió su hombre, con cara de pocos amigos. Detrás, Boris salió acariciando el lado derecho de su cintura. Pero el celular estaba exactamente a 180 grados. Dos minutos después, desde la calle llegó un pequeño estruendo. La vecina de mesa miró sorprendida. Corrí ligeramente la cortina pero era imposible ver hacia afuera. Adentro, los metales jugaban con la acordeona y la batería irrumpía en el ambiente. Nadie se enteró de nada, salvo los que estábamos cerca de la puerta.  

martes, 1 de noviembre de 2011

Las paralelas no corren juntas


Cuando las personas toman distancia no dejan  de vivir, su tiempo es marcado por otras circunstancias, que hubieran estado allí para encontrar a dos personas juntas o a cada una por separado. Viven, crecen, evolucionan, se enriquecen o se degradan, pero lo que fue sumar y compartir es un camino que ya no es paralelo sino que se diversifica y aleja a las personas cada vez más, hasta que cada uno es un extraño para el otro.

Me pareció que había alguien conocido, creí reconocer un flequillo, un color de cabello o una expresión. A ella le pasó lo algo parecido, aunque cabello y flequillo no había. Nos reconocimos. Habían pasado apenas tres años desde que dejamos de compartir vida y sentimientos. Lo que me molestaba de ella había quedado congelado, como en esas películas viejas en las que el lente se acerca demasiado al film y lo convierte en plástico derretido. Tampoco ella podía ver las escenas que seguían y se había quedado con lo que había alcanzado a ver, a querer o a rechazar.

Qué viene después, cómo es, es un misterio que escapa al conocimiento y se limita a la imaginación y a unos datos que no son datos. El pasado no sirve para proyectar los minutos que vienen, sólo sirve para saber qué pasó y qué puede pasar si no se construye un futuro sin aquellos errores, aunque pasarán otros.

La miré y la vi como algo que impacta más en la memoria que en los ojos. Su mirada no pudo ocultar la sorpresa y la mía tampoco. Tal vez porque ninguno de los dos se esforzó demasiado en ocultarlos. La sorpresa nos deja a veces al desnudo.

Me tomó unos segundos entender lo que estaba pasando. Buenos Aires es una ciudad muy grande y uno puede desencontrarse por años con quien alguna vez compartió todo o casi todo lo que era parte de su mundo. Ella no reaccionó, sólo un saludo y una pregunta que casi no esperaba respuesta. Una cosa es la frialdad encubierta de los mensajes de correo electrónico y otra es la persona ahí, de carne y hueso, con sus vivencias a cuestas.

Nos miramos y nos preguntamos. Me costó hilar un relato, no porque no lo tuviera claro sino porque a pesar de mi poder de síntesis no podía resumir en unos minutos de cruce callejero las vivencias, las decisiones, las consecuencias y las ganas de tres años.

Le pregunté cosas que no pudo responder, porque para ella eran algo cotidiano y para mi eran el otro lado de un abismo, Por un momento quise saltar pero no sabía qué habría del otro lado ni si valía la pena. Quiso saber si algo había cambiado y mi mirada le dijo que todo era diferente, porque a cada segundo somos diferentes. Pero que no eran los cambios que ella esperaba o que ella deseaba. Me atizaban las ganas de saber también cómo estaba ahora, pero al mismo tiempo no me importaba. No era muy diferente a saber cómo era la vida de la chica que pasaba por la calle de enfrente. Las paralelas no se juntan, pero las leyes de la física y las matemáticas se hacen trizas cuando se juegan los sentimientos humanos. Las paralelas no se juntan, pero se separan.

martes, 25 de octubre de 2011

Variaciones

Tenía ganas de compartir, pero no de escribir. Cosa rara en un blog que pretende jugar con las palabras e intentar un folletín de trazo corto. Pero el clima ayuda más a escuchar música. Aquí va un clásico que anduve cantando últimamente, El Tiempo es Veloz. Pero a no asustarse, aquí lo cantan David Lebon y Pedro Aznar. Hasta la próxima.



El tiempo es veloz , tu vida esencial
el cuerpo en mis manos me ayuda a
estar contigo
quizás nadie entienda
vos me tratas como si fuera algo más
que un ser

Te acuerdas de ayer, era tan normal
la vida era vida y el amor no era paz
que extraño
ahora me siento diferente
pienso que todavía me quedan tantas cosas
para dar

No ves que todo va
todo creciendo hacia arriba
y el sol siempre saldrá
mientras que a alguien le queden
ganas de amar

Perdóname amor por tanto hablar
es que quiero ayudar al mundo a cambiar
que loco
si realmente se pudiera
y todo el mundo se pusiera alguna vez
a realizar

No ves que todo va
todo creciendo hacia arriba
y el sol siempre saldrá
mientras que a alguien le queden
ganas de amar

viernes, 21 de octubre de 2011

El torrente

Escribir es difícil. Escribir bien es un privilegio de pocos, pero no debe haber nada más doloroso que sentir y no poner una letra sobre el papel, o en el teclado. ¿Qué otra cosa que un gay discriminado por una sociedad cultamente ignorante hubiese sido Wilde si no hubiera tenido aquella capacidad para ironizar sobre la vida de las clases altas? ¿Se podría pensar de Eduardo Galeano como algo más que una voz profunda de cierto poeta y pensador si no fuera por sus regalos como Las Venas Abiertas de América latina? 

Tal vez Borges no hubiera conocido a Kodama y para la historia hubiese sido un oscuro empleado de la Biblioteca Nacional que acostumbraba a recitar poemas floridos y frases ingeniosas y que alguna vez se quedó ciego, cosa que no importaba porque nunca escribió una letra. Y Bioy seguramente habría quedado como el gentilhombre de gran atractivo sobre las mujeres que se preocupaba por la vejez y que en alguna loca noche de copas hablaba sobre una realidad virtual cuando corrían los años 40.

La vida corre como un torrente en el que todos jugamos una carrera de postas obligada y casi rutinaria. Salvo que podamos ver y contar qué es lo que se juega en cada pase. Y si la oralidad es una forma de transmitirlo, lo escrito es una manera de eternizarlo para que en cada escalón alguien pueda reflexionar algo sobre su rol en la vida.

En eso pensaba cuando miró la agenda de su Blackberry y se acordó de que había quedado en comenzar su taller literario. Se había mentido, porque sabía perfectamente el día y la hora y no necesitaba anotarlo. Estaba ansioso por llegar y las letras esperaban más ansiosas aún por ser puestas en algún orden que justificara su existencia para algo más que para decir hola o adiós. Aunque hola y adiós ya fueran en la carrera de postas palabras que merecían su atención.

Corrió hasta el lugar, cada uno estaba allí, y la aventura comenzó. Dos horas después mientras volvía la llamó. Ya habían corrido las aguas y ella todavía estaba allí, dolorida por la pérdida. Se convencía con un fernet de que pronto se le pasaría. La vida y la muerte estaban juntas y ella no sabía cómo olvidar a una y disfrutar la otra. El quiso ayudarla, pero no pudo, o no supo. Pensó en escribírselo.  

jueves, 13 de octubre de 2011

El compromiso compromete

“¿Y si hacemos un culto al no compromiso? ¿Y si en lugar de eso, nos reímos un rato? Los otros tres tipos, también de origen uruguayo, con mucho ingenio y gran capacidad para reírse de sí mismos y de los demás lo miraron intrigados pero ya estaban desgranando algunos acordes y, rodeados de fantasmas de músicos y cantores que se sintieron atraídos por la letra decidieron escucharlos un rato. Y comenzaron:

“No tengo penas ni tengo amores
Y así no sufro de sinsabores
Con todo el mundo estoy a mano
Como no juego, ni pierdo ni gano”

Con mucha delicadeza, Antonio Machín miró sin embargo entre sobrador y sorprendido y cantó su bolero a los uruguayos:

“Sin firmar un documento
ni mediar un previo aviso
Sin cruzar un documento
Sin cruzar un juramento
Hemos hecho un compromiso
Sin promesas nos marchamos
Ni te obligas ni me obligo”

Pero ellos no acusaron el golpe, porque los invisibles tampoco suelen escucharse y sin hacerse problemas, siguieron haciendo un culto a la falta de compromiso:

“No tengo mucho ni tengo poco
Como no opino no me equivoco
Y como metas yo no me trazo
Nunca supe lo que es un fracaso”

En eso Carlitos se removió en su tumba de la Chacarita, su cigarro eternamente colocado por algún admirador entre sus dedos se puso más humeante que nunca y casi enojado atinó a responder:

“Basta de carreras, se acabó la timba,
un final reñido yo no vuelvo a ver,
pero si algún pingo llega a ser fija el domingo,
yo me juego entero, qué le voy a hacer”.

Mientras discutían si Gardel era francés, argentino o uruguayo, los del cuarteto se pusieron insistentes, todo es igual, todo da lo mismo y basta con negarse a diferenciar entre tristeza y alegría para sentirse bien, o al menos no sentirse mal:

“Alegría y tristeza es lo mismo para mí
Que no me interesa sentir
Porque en el ángulo de la vida
Yo he decidido ser la bisectriz”

 A esta altura las provocaciones del Cuarteto de Nos se estaban universalizando y fue el mismísimo Antonio Machado que dejó por un momento su paz de cementerio, se acercó con cierta mirada socarrona y les respondió casi con pena:

“Ama tu alegría
y ama tu tristeza,
si buscas caminos
en flor en la tierra”.

Los del cuarteto no se quedaron atrás y redoblaron la apuesta con una estrofa que era un canto al desamor:

“No me involucro en la pareja
Y así no sufro cuando me dejan
A nadie quise jamás en serio
Y entonces nunca lloro en los entierros”

En eso estaban cuando Andrés Calamaro cruzaba por la esquina y sin dejar casi de caminar, acompañado por el silbido de su ocasional acompañante pareció responderles:

“Flaca no me claves
tus puñales
por la espalda
tan profundo
no me duelen
no me hacen mal
Lejos
en el centro
de la tierra
las raíces
del amor
donde estaban
quedarán”


Pero entonces, como para ratificar las dudas de Andrés surgió de 
un boliche que estaba por cerrar sus puertas un chico desgarbado que 
junto a uno de bigote bicolor cantaba:

“Necesito alguien
que me emparche un poco
y que limpie mi cabeza
que cocine guisos de madre
postres de abuela y torres de caramelo”

“No pasa nada si no me muevo
Por eso todo me chupa un huevo
Y no me mata la indecisión
Si "should I stay, o should I go"

Ma si, andá a cantarle a Gardel, pensaron varios y no escucharon más.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Rutina exitosa

El se levantó como siempre, a las 6 y media. Ella remoloneó hasta las 8. El escuchó la radio, repartió aplausos y silbidos, desayunó y se puso a trabajar. Ella dio vueltas en la cama hasta que se levantó. Apagó la radio y se puso a cantar mientras se duchaba. El se concentró frente a la computadora hasta que decidió ducharse. En algún momento se cruzaron y se saludaron con indiferencia. Salió más despierto y otra vez a trabajar. Ella desayunó y se cambió para ir a su empleo diario. Se besaron como si estuvieran despertando. El tomó lo que faltaba del termo y volvió a calentar agua. La extrañó, como se extraña a aquello que ocupa un lugar que queda vacío. Le escribió un mensaje de correo electrónico que ella contestó con extrema cordialidad. Se arrepintió y le mandó un tuit con un beso. Ella estaba concentrada en el trabajo y de vez en cuando cambiaba los papeles por un recuerdo. Lo tenía en Facebook, como siempre. Le mandó un mensaje privado con un “te quiero”. El supo que equivalía a un “buen día estimado señor”. La cordialidad, siempre la cordialidad. Hubo tiempos mejores, en los que él dudaba entre concentrarse en sus escritos y su amor y ella soñaba más de lo que trabajaba con sus expedientes. Volvieron a verse a la noche, ya no tenían deseos de saludarse demasiado, ya no tenían deseos. Ninguno de los dos se sintió derrotado. No se preguntaron nada, no hacía falta. La rutina ganó otra vez.

jueves, 6 de octubre de 2011

Apertura Nimzoindia

El jugó P4D, con su peón dama en la cuarta posición encaró una apertura original si se considera que siempre se comenzaba atacando por el lado del rey, pero bastante habitual para un hombre acostumbrado primero a mirar hacia el medio, con todas las ganas de ocupar el espacio central, donde sentía que su dominio le haría ganar la partida. Ella se sorprendió pero no movió una ceja. Jugó C3AR, moviendo el caballo a una posición defensiva típica de quien quiere proteger, justamente, el espacio donde imperan sus virtudes. Una reacción típicamente femenina que el ajedrez refleja en toda su estrategia. El respondió con un paso aún más riesgoso y movió su peón del alfil del lado de dama hacia el cuarto casillero, P4AD y ahora no sólo el centro de ella estaba atacado formidablemente sino con todo el riesgo de parte de él. Imperturbable pero con dificultades para ocultar su asombro, ella movió el peón que protegía a su rey hacia la tercera posición, para reforzar su medio y advertirle que la jugada sería riesgosa: P3R y ojo con tocarme el centro porque te como. El no quiso quedarse atrás y siguió con su esquema de sorprenderla y apropiarse de su medio, dominar el centro de la escena y no quedarse quieto: movió su caballo a la posición 3 del alfil dama para defender su peón ofensivo y casi insolente: C3AD. Ella se quedó pensando un momento, el caballo estaba en una posición fuerte pero era tentador, todo en él era tentador aunque no pudiera demostrarlo. Movió su alfil dama en diagonal al corcel y lo amenazó con un cambio que podría dejar sus defensas desarticuladas: A5C. Lejos de sorprenderse, él pareció saber que haría eso y adelantó un casillero el peon del lado de la dama para obligar al alfil a irse o a morir en el intento: P3TD. Ella sabía que era una de las posibilidades y que volver atrás sería dejar el centro para él. Comió su caballo AxC o, digamos, lo cambió por él, ya que el peon de la torre dama que la había amenazado se comió al alfil. Con las blancas de su lado, él logró afianzar el centro, que era su primer objetivo, basado en la fuerza que le daría la pareja intacta de alfiles. Pasaba a la ofensiva con igual audacia que cuando comenzó su partida. Pero ella sabía que tenía un punto débil que eran esos peones uno adelante del otro, en situación complicada. Sintió que su centro estaba desprotegido y por primera vez pensó si quería ganar o perder. Su estilo agresivo le producía cierta gracia y a la vez era un aliciente para estar más atenta en la defensa de su centro y de su rey. El conocía sus propias debilidades y no quería jugar una partida aburrida. El sabor de la derrota puede ser hasta agradable si se lo paladea con el corazón agitado. El P3R de ella sostenía el centro más o menos protegido. Se miraron por primera vez a los ojos. Ella comprendió que la fortaleza de su centro no ocultaría por un momento la fragilidad de sus defensas. El entendió que toda su intrepidez se justificaba sólo por la atracción de apropiarse de su centro y entrar en sus aposentos para ver a una dama enloquecida defendiendo el honor de un rey que caería inevitablemente. Se quedaron con la mirada fija uno en la otra, la otra en el uno. Casi hacen tablas, pero no llegaron, el centro, la pasión no les dieron permiso para seguir la partida.

lunes, 3 de octubre de 2011

Desencuentro en contínuo

Se puso lo mejor que tenía, aunque sabía que él no la miraría. Su mirada fue insinuante y su imagen estaba lejos, muy lejos de lo que él podía imaginar. Estaba atractiva, bella, cada parte de su cuerpo parecía pedir algo. El no tenía a mano otra cosa que aquel objeto que solía utilizar para comunicarle cuánto la quería, cuánto la deseaba cada vez que no la tenía. Ella se hizo un lugar para estar más cómoda con él, aunque él no estuviera. El se puso en el lugar de siempre, con un whisky a su derecha y un papel sobre la mesa. Ella se conectó y comenzó a escribir. Buscó por su nombre, por su apellido, por su escuela, por su facultad, por su trabajo. No aparecía. El imaginó sus ojos y no le gustaron. Nunca fue su mejor atributo. Pensó más abajo y ya el cuello le causaba inspiración. Ella puso sus manos sobre su cintura, con los brazos en jarra. El sintió un calor en sus manos y supuso que tenía que escribir. Ella sabía que allí estaba su zona, para él. El también lo sabía pero no lo entendía. Buscó su instrumento, estaba intacto y listo para decirle todo lo que la quería, aunque no lo sabía. Ella entonó una canción mientras se miraba al espejo y no se gustaba. Se puso una bata de toalla alrededor del cuerpo y fue a cambiarse. Ella se puso sus mejores zapatos, de esos que las hacen casi absurdas pero de los cuales jamás podrían prescindir. El pensó si esta vez usaría unas zapatillas hipponas, de las que le gustaban a él. Ella se pintaba los ojos, que un delineador por acá, que un rímel por allá. Sabía que no era lo mejor que tenía. El se levantó de la mesa, se ajustó los jeans, se puso aquellas zapatillas que habían causado la discusión. Ella recordó la discusión. El recordó que no le gustaban sus ojos. Ella no se conectó. El no fue a la cita con la letra escrita. Ella se puso a navegar. El navegó por su bronca masculina mientras dibujaba estrellas. Ella decidió no buscarlo. El decidió que no lo encontrara. Ella no lo buscó en la gran red. El no le escribió aquella carta en la que le iba a declarar su amor. Otra vez, el fue en lápiz y papel y ella en su Blackberry. No se encontraron.

Dos fantasmas en el café

Sí, se encontraron. O no, porque ya no eran las mismas personas. El le contó cómo había pasado esos años, cuántos amores, cuántos desamores, qué caras y qué vivencias. Ella le mostró las huellas de su tiempo, las veces que lo vio por ahí, las ocasiones en las que tuvo ganas de preguntarle si se le había pasado el rencor, si había logrado verla con ojos benevolentes sin olvidarla.

Pero en rigor se habían olvidado ambos. No sabían por qué estaban ahí ni para qué. No tenían idea de los motivos para estar frente a frente con alguien que no les movía ningún sentimiento, ni bueno ni malo.

Tal vez el encuentro hubiese sido en vano si no hubiera servido para contar heridas, hacer un relevamiento de daños y medir las defensas de cada uno. Se prepararon para seguir adelante y siguieron. Se hicieron preguntas, se dieron respuestas más o menos ciertas, se fueron en halagos hacia lo bueno y contaron las dudas como algo pasado.
Estuvieron media hora charlando hasta que sintieron que era una farsa tejida por las costumbres, un hábito poco sano pero inevitable si se quiere pertenecer a la sociedad civilizada.

¿Qué es más civilizado? Probablemente decir la verdad, aunque provoque dolores, porque quien se fue o quien se quedó sin quien se fue saben de dolores y de curaciones. Como en aquella vieja máxima de la infancia, los clavos que se quitan de la madera para simbolizar una buena acción que sustituye a las malas acciones anteriores, de todos modos, deja un agujero. Pero el todo se soluciona con una buena cantidad de aserrín y una lijada.

Se despidieron con pocas ganas de volver a cruzarse, se mintieron que se verían pronto, estaban más lejos que nunca y sin embargo se sintieron obligados a prometerse cosas. Ya se habían hecho promesas que no cumplieron, no era problema reiterarse. Ella se fue por donde venía, por su propio camino y pensando en hijos y hasta nietos. El se volvió con ganas de no haber estado. ¿Estuvieron? Vaya uno a saber, pero siguieron el camino.